lunes, 28 de marzo de 2022
Susan Sarandon
Tito Ridley me llamó y no pude rechazar su petición. Además estaba Susan, esa mujer apasionante cuyos ojos parecen saltar hacia tus dominios y descubres que cuando ella te mira de ese modo, da igual que te encomiendes a San Cucufato porque estás perdido.
Tito Ridley necesitaba cinco coches Ford Thunderbird trucados de la misma manera para “Thelma y Louise” y sabía que yo había aprendido con los mejores mecánicos del mundo: los cubanos.
Estábamos en un motel de Arkansas para rodar la escena del Cañón del Colorado y Susan me llamó a la habitación: “Peter, el chico de recepción del motel se parece a Anthony Perkins, tengo miedo”. Jamás ninguna mujer había inventado un truco tan original para que nos viéramos en la intimidad. Me recibió como recibía a los clientes en “Pretty Baby”, con ese camisón de encaje blanco de algodón, y, mientras dejaba que se deslizara hasta su cintura, observé ese par de imperios con rosetones que suelen ser patrimonio de las diosas. Entonces se me ocurrió decir una gilipollez: “qué bonitas son” y me respondió con un lacónico “SI”, con la misma rutina de quien da los buenos días; mi comienzo no había sido muy afortunado pero enseguida lo arreglé cantándole en español lo que estaba sonando en la radio: “I’m your man” de Cohen. “Si quieres un amante, haré lo que me pidas...”Si quieres un doctor, examinaré cada centímetro de tu cuerpo...♪♫♬”... Y vaya si lo hice. Nos pusimos a jugar y quise enseñarle el doble embrague pero ella no estaba para perder el tiempo y me enseñó el desembrague.
Ese día había llovido y, mientras hacíamos el amor, y yo me deslizaba por el desfiladero de su canalillo escuchando los latidos de su corazón, en la calle sonaban intermitentes las gotas del canalón; tic... toc, tic... toc. Mi deseo aumentaba, ella era una furia desatada, y esa tarde, con Susan cabalgando cual Calígula a lomos del Incitatus al que había seducido, supe lo que significaba el empoderamiento de la mujer.
En esas llamaron a la habitación. “Es Tim, mi marido, te tienes que ir”. Salí de la habitación hecho una furia y dispuesto a darle un meco por habernos cortado nuestro encuentro en los alrededores de Casiopea pero el menda medía casi dos metros,
así que pasé de largo, me despedí de tito Ridley, y enfilé hacía Texas con uno de los Ford Thunderbird trucados que me regaló. Por esa carretera polvorienta camino de Guanajuato, viendo como el sol se ponía mientras yo me relamía, soñaba con esos instantes en los que un tal Pitt le robaba la cartera a Geena y Susan me robaba a mi el corazón.
Vivir, soñar, tal vez actuar... “¡arranca Thelma!”.
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