viernes, 15 de febrero de 2013

Kiri Te kanawa

No te eches nunca una novia en Nueva Zelanda, las vacas se tiran cada pedo...
Kiri y yo nos conocimos en la boda de Lady Di. Yo lucía un chaqué impecable, pero en la prensa rosa de nuestro país se dijo que parecía un pingüino en un montacargas (ya se sabe que la envidia nos corroe), en realidad, y siendo objetivo, en otro tiempo me habrían confundido con Cary Grant. Cuando el príncipe Carlos, que es un personaje agrointeligente, se enrolló conmigo para contarme lo de los transgénicos, Placido acudió en mi ayuda y me presentó a Kiri; al ver cómo el láser verde de sus ojos se cruzaba con el infrarrojo de los míos me avisó: "muchacho, quizá sea mucho arroz para tan poco pollo”. Plácido, que me había visto jugar en el patatal del Orcasitas F.C., desconocía que yo ya había triunfado en campos como Old Trafford (El teatro de los sueños) o que los Barras Bravas de La Bombonera coreaban mi nombre cuando veían a algún jugador fintar o tirar un caño. Y además, nosotros ya no estábamos para consejos, la pasión es lo que tiene. Kiri me invitó a su granja de Nueva Zelanda donde llegué después de siete transbordos de avión y enseguida empezamos con nuestra Opera particular. Cuando vi que la tenía embobada con mi exhibición de taka maorí comencé con un pizzicato subiendo escalas en el pentagrama de su piel y ella me respondió con un Do de mezzo que nunca antes había conocido. Después del cuarto acto se puso declamar el Lucia Lammermoor pero yo ya estaba pidiendo un Réquiem. Sus vacas me miraban con desidia (de qué otra forma miran las vacas). Kiri estaba impresionada conmigo, y no es de extrañar, yo tenía el torso de Ricardo Montalbán y la apostura de Fernando Lamas.
Me llamaron de HOLA para ofrecerme un dineral por la exclusiva, pero desmentí la noticia, yo soy un caballero.
.El amor no es ciego, lo que no tiene es olfato. Una vaca kiwi expulsa cien kilos de metano al año y sus vacas gaseosas nos calentaban a golpe de flatulencias, así que me dije, de perdidos al río, y para seguir en la onda preparé una fabada sin preguntarle si le gustaba la cocina española. No sé si fue la Sinfónica de Berlín o la Filarmónica de Chicago la que entró en escena pero descubrí que cuando me funciona el olfato se acaba el amor; eso sí, siempre nos quedará la Opera.

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