
Mi natural complaciente me impidió
decirle a Doris que no era mi tipo y cuando quise reaccionar ya estaba en su
casa de Santa Mónica. Me recibió con un tanga de cuero negro, botas de tacón
alto hasta la rodilla, látigo de tres puntas y música de Creedence Clearwater
Revival, ahí empecé a maliciarme algo. Pronto supe que las velas no iban a ser
para una cena romántica; antes de terminar el Bloody Mary me desnudó, me esposó
y me lanzó sobre un par de abrigos de visón extendidos sobre el suelo, me echó
dos frascos de jalapeños y uno de salsa Perrins por encima sin preguntarme si
me gustaba el picante y, menos sodomizarme con uno de los palos de golf, me
hizo de todo. Después de darme un par de sopapos y azotarme con el látigo me
preguntó: -¿Te gusta el sadomaso pequeño?
-Yo soy muy normalito no te creas…
-Te vas a enterar de lo que vale un
peine, so perro.
–No si yo, en realidad…
Cuando sacó más objetos para que la
atizara y se ató con cadenas, me acordé de que el mayor castigo para una
sadomasoquista es no castigarla, así que aproveché para decirle
-chincha, rabia, no pienso hacerte
daño para que sufras.
Y salí corriendo en busca de mi amigo
el panameño Rubén Blades para que me cantara aquello de “Sorpresas te da la
vida…”
Antes, dejé una nota para Doris: No me
mandes flores.
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