lunes, 2 de julio de 2012

Doris day



Mi natural complaciente me impidió decirle a Doris que no era mi tipo y cuando quise reaccionar ya estaba en su casa de Santa Mónica. Me recibió con un tanga de cuero negro, botas de tacón alto hasta la rodilla, látigo de tres puntas y música de Creedence Clearwater Revival, ahí empecé a maliciarme algo. Pronto supe que las velas no iban a ser para una cena romántica; antes de terminar el Bloody Mary me desnudó, me esposó y me lanzó sobre un par de abrigos de visón extendidos sobre el suelo, me echó dos frascos de jalapeños y uno de salsa Perrins por encima sin preguntarme si me gustaba el picante y, menos sodomizarme con uno de los palos de golf, me hizo de todo. Después de darme un par de sopapos y azotarme con el látigo me preguntó: -¿Te gusta el sadomaso pequeño?
-Yo soy muy normalito no te creas…
-Te vas a enterar de lo que vale un peine, so perro.
–No si yo, en realidad…
Cuando sacó más objetos para que la atizara y se ató con cadenas, me acordé de que el mayor castigo para una sadomasoquista es no castigarla, así que aproveché para decirle
-chincha, rabia, no pienso hacerte daño para que sufras.
Y salí corriendo en busca de mi amigo el panameño Rubén Blades para que me cantara aquello de “Sorpresas te da la vida…”
Antes, dejé una nota para Doris: No me mandes flores.




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