lunes, 2 de julio de 2012

Samantha Eggar


 Estábamos ensayando un Shakespeare, no recuerdo si “Ricardo III” o más bien “Mucho ruido y pocas nueces” que era una obra más apropiada para mí y en esas le di un meco a Derek Jacoby que le afecto a la glotis, por suerte eso sirvió para que le dieran el papel para interpretar a “Yo Claudio” en una serie para la TV; hoy somos grandes amigos. El Old Vic, al lado de la Waterloo station de Londres era como mi casa, por eso me sorprendió que no nos conociéramos la pelirroja pecosilla y yo. Cuando la vi, fue como un sueño de una noche de verano aunque estábamos en mayo, ella hacía Épaulement entre bambalinas y yo me sentí Baryshnikov en el Bolshoi, la llevé a escena, la tomé pour derriére, hice un Demi-plié y elevé a mi cisne blanco etérea y aterciopeladamente hasta el séptimo cielo antes de hacer nuestro Pas a deux en la intimidad, Tchaikovsky sonaba solo para nosotros, todo era mervelleux hasta que la posé suavemente sobre el escenario, entonces salió corriendo cual gacelilla asustada pero no me importó, pronto me informé sobre sus medidas y sus gustos: ropa hippie de Chelsea, abalorios de Portobello rd., perfumes de Selfridges y bombones de Harrods. Todo lo tenía dispuesto para ella en mi sótano vintage de Lancaster gate. Sería un Secuestro Express, enseguida se enamoraría de mí, pensaba yo, cuando se me adelantó El Coleccionista: Terence Stamp; desde entonces ando esperando que me crezca la nariz un poco más, aún no estoy preparado para hacer un Cyrano.

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