sábado, 30 de junio de 2012

Michelle Pfeiffer





Al Jatami me limpió en el Casino de Estoril jugando al bacarrá; me trató como a un infiel y tuve que volver haciendo auto-stop. Por aquel entonces mi caché cinematográfico estaba a la baja y me ofrecí como especialista en una película de templarios que se rodaba en el castillo de Loarre. Me dijeron que si quería trabajo tenía que poner el caballo, pero después de empeñarlo todo, me quedó lo justo para comprarme un borriquillo en Fregenal de La Sierra al que puse de nombre Sultán en honor del jeque que me desplumó. Atravesando tierras de Castilla desde Las Hurdes a Huesca a lomos de Sultán, me sentí Ibn Battuta, el tangerino que abrazó el horizonte. Cuando llegué, quedaban solo dos días de rodaje, pero fue suficiente… cuando vi a Michelle, supe que el affaire era inevitable.
Se enamoró perdidamente de mí y me decía cosas como: “me gusta tu punto canalla”, “me vuelve loca tu sangre española”, y “pasión gitana” -remataba yo-.
Los amores de cine terminan el último día de rodaje –si lo sabré yo-, así que para despedirnos le dije que le enseñaría La Jacetania “sube a la grupa de Sultán que nos vamos al Circo de Pineta, te enseñaré el Monte Perdido mientras me hablas de lo que la verdad esconde”. Al escuchar el pitido del tren, y a sabiendas de que estábamos en una vía muerta, no pude evitar soltar la frase típica maña: “Chufla, chufla... ¡como no te apartes tú!”. A Michelle le salió del alma decirlo: “Desde que se murió John Wayne, creí que ya no quedaban hombres así…”
Allí, a la ribera de las aguas azul turquesa del río Cinca, me dio el último beso, me convertí en renacuajo y ahí ando, esperando otra princesa de la boca de fresa que me quite el hechizo, o que me vuelva a encantar.



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